Contra la tiranía de la belleza

Extraño, seguramente nunca nos veremos a la cara para decirnos: “yo también sé lo que sientes”; quizá no en la misma magnitud, pero sé que lo sientes. Y es que es cierto, verse al espejo es muy severo, te cae el peso de lo que quieres ser en todas sus dimensiones, no sólo las aparentes y, quizá, la imposibilidad de lograrlo.

En recientes fechas, Emma Thompson hizo una de las declaraciones más intrépidas y controversiales: “nos han lavado el cerebro para que odiemos nuestro cuerpo toda la vida”. Al parecer, fue dicha en una conferencia de prensa para promocionar su más reciente película: Good Luck to You, Leo Grande, una historia que se me antoja, pues habla de una mujer que a sus 55 años no ha experimentado un orgasmo (otra gran polémica de la que espero hablar después). Esta declaración es un gran pretexto para hablar de algo que me ha dado vueltas desde hace mucho tiempo, la tiranía de la belleza y ese, al parecer, miedo-imposibilidad que viven muchas mujeres y hombres por lograr esos estándares y sus inevitables consecuencias: físicas, emocionales, sociales y económicas.

Un artículo de Forbes de 2018 señala que México es el tercer productor de cosméticos en el mundo, con un valor estimado de 154 mil millones de pesos. A nivel global, esta cifra puede alcanzar hasta 800 mil millones de dólares para 2023 (tan sólo por hacer una comparativa burda, el PIB de México en 2020 fue de 952 608 M€). Con datos recabados por cámaras de comercio, las nuevas generaciones  y su manera de consumir son los principales catalizadores de un crecimiento de 50 % respecto de los años anteriores. Habrá que preguntarse —ingenuamente— por qué el cuidado personal (de la apariencia física) es tan importante en nuestros días.

Mi hipótesis de por qué esta industria es tan redituable es la siguiente: cuando se ve a esas personas (hombres y mujeres) tan perfectas en una pantalla es inevitable caer en la ilusión/deseo de querer parecerse a ellos o intentar acercarse a ellos. ¿De qué forma? Una alternativa accesible (ironía) es con el uso de productos cosméticos, ¿cuántos no tenemos, por lo menos, un bálsamo, una loción, un colorete o algún tipo de maquillaje?  Por no hablar de cremas, polvos, aceites, mascarillas y más… Una parafernalia casi ridícula.

Recuerdo la ocasión en la que vi a la mujer más hermosa del mundo (mirada subjetiva), es inevitable no modelar un ideal de belleza, se ha hecho desde milenios atrás; iba con la cara lavada —el epítome de la perfección—. Pero pasó algo curioso, empezó a maquillarse, no le quité ni un segundo la mirada y ella ni se percató de que la observaba. Primero fue la base, luego el maquillaje, después algo que parecía una sombra oscura para acentuar sus pómulos, un poco de rubor, sombras oscuras en los ojos, mucho rímel, mucho, lápiz negro para la ceja, una ceja de azotador (sí, muchos conocemos con horror a esas temibles orugas peludas) y para sellar, polvo traslúcido. Cuando terminó su ritual, bajó del andén y nunca la volví a ver. Mientras la veía pensaba en qué la orillaba a verse como «payaso», (palabra despectiva que se suele usar cuando alguien se ve ridículo). No me pareció que se veía más bonita; de hecho, desde mi perspectiva, ocurrió lo contrario, imagino que para sus ojos la transformación era el ideal de su belleza y se sentía cómoda con eso, o quizá en su trabajo la obligaban a maquillarse, nunca lo sabré. Más allá de mis irrelevantes reflexiones, pensé, ¿por qué nos obligamos a vernos de determinada manera? Mi primera respuesta: el imperativo del deseo. Ya Courteney Cox nos habla un poco de ello en su más reciente entrevista realizada por The Times; ella no es la única ni será la última.

Otra opción que tenemos para sentirnos a gusto con nuestra apariencia son los fabulosos filtros (sarcasmo) de nuestros celulares y aplicaciones, ¿quién no ha abusado un poco de ellos? ¿Quién no se ha mostrado en redes con la latente preocupación de cómo seremos mirados? Pero, ¿cómo en realidad nos vemos? ¿Cómo en realidad nos sentimos? Y esto aplica para casi todos. Vienen a mi memoria las fotos de un amigo con un cuerpo espectacular y cuyo miedo insistente es no ser atractivo. Recuerdo su frase: “por tu culpa (Efron) me quiero poner mamadísimo, ya nadie se fija en los sentimientos”. Nuevamente, retumban en mi cabeza las palabras de Thompson; cuerpos tratados para ser venerados (y no hablaré de esas rutinas impensables de ejercitación —entrenador incluido— para tener el vientre cuadriculado, los brazos tonificados o los glúteos de payaso, sí otra vez tú), aquellos cuerpos que nos bombardean constantemente, muchas veces sólo a contentillo de los demás y no necesariamente de los portadores.

No quiero sonar hipócrita, ¿cuántos de nosotros no queremos ser admirados, amados, deseados…? Por ahí dicen que de la vista nace el amor. No olvido aquel día cuando uno de mis amantes me dijo: “con ese trasero conquistarías al mundo”. Me di cuenta del poder que tenía, pero también cómo eso me reducía y me hacía esclava de mi apariencia.

El cuerpo tiene vigencia y para mantener algún ideal de belleza, también están al rescate los tratamientos estéticos (botox, te hablo a ti) o la alternativa más radical: las cirugías estéticas. La base de datos de Statista[1] revela que, al menos en 2020, el valor del mercado aproximado de la cirugía y la medicina estética ascendió a los 12 580 mil millones de dólares a nivel mundial (quise consultar la proyección para los siguientes 5 años, pero necesito pagar por una cuenta prémium para saber más, ja, los datos cuestan).

La industria es mercenaria, porque lucra con nuestras imperfecciones, insatisfacciones y aspiraciones sin importarle el precio o el dolor. Me parece casi imposible no caer en el yugo del juicio y la autocensura. Y me parece inevitable cuestionarme, ¿cómo y por qué ejercemos tanta violencia sobre nuestra apariencia? Otra vez el deseo. 

Mientras que muchos intentarán lo que sea para evitar los embates del tiempo y seguir luciendo lozanos. Otros quizá sucumbiremos a la inclemencia de los días, hasta que eso tan preciado como la belleza termine y no seamos más del gusto de las miradas que nos deseaban. ¿Habrá forma de derrotar esa presión?


[1] Statista es una empresa privada de Alemania que proporciona datos de mercado e información sobre los consumidores. De acuerdo con su página de internet, “recopila datos estadísticos sobre más de 80.000 temas procedentes de más de 22.500 fuentes y los pone a disposición del usuario a través de cuatro plataformas, en alemán, inglés, francés y español.“

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